Ergo, según el último post de ciudades, los puzzles son historias
-siempre quise usar la palabra ergo, con propiedad-
Imagínese una música de violín.
La de Giorgo.
Imagínese un repiqueteo de guitarra.
El de Valentín.
El uno italiano, el otro argentino.
Y usted lo que sea que sea.
Ahora sujete la mano de valentín, la mano de giorgo, la del lince de villanueva del páramo, la de la señora del sombrerito rosa de tucumán, la de antonio el pintor de plaza mayor, la del cowboy que se recuesta sobre la librería del corte inglés en puerta del sol, la de stoikov el acordeonista de plaza de oriente... y empiece a girar.
Gire como poca cosa, y gire, gire, gire, gire, hasta el cansancio. Como el cansancio de dios.
Y ahora...
Pare.
Stop.
¿Mareado?, ¿cansado?, ¿confundido?
Esa pequeña introducción de allí arriba pretende decir, que en mi diario encuentro con Madrid, algunas veces voy atento a las historias que hay en las calles, las paredes, las personas, y que si acaso una melodía te sujeta con amabilidad y te hace girar es decisión propia el seguir girando o decir “yo me bajo”. No profundizar en lo que asombra, sino dejarlo estar. Porque de alguna forma, tampoco es prudente querer abarcar todo lo que se ve o se oye. El murmullo, la imagen borrosa, la intuición de que algo aguarda. Ya lo dijo la sabia “tochilarga” que no todas las escenas deben ser fotografiadas. Y eso practicaba yo, los últimos días.
En eso estaba.
Pero resulta que ahora las historias, salen a la palestra por si solas. Con algo de ayuda, por supuesto.
Llevo conmigo, desde hace semanas, unas diez fotografías de personajes y personas que viven la calle, el centro de Madrid, y poco a poco las he ido dejando en manos de sus dueños como cierre de mis historias con ellos. No como apertura, pensaba yo, sino como final; y pensar: al revelar la foto y que le he fotografiado, se cierra el ciclo de seguir observándolo. También como agradecimiento, un regalo diferente a una moneda, una sorpresa en imagen que casi siempre es bien recibida. Había repartido cuatro de esas fotografías hace algunos días, y me quedaban seis. La quinta la entregué a Stoikov a las 6 de la tarde del día de hoy. Estaba merendando con un par de amigos músicos y le gustó mucho la foto. Me dijo su nombre y me dio las gracias. Le devolví las gracias y me marché. Historia cerrada. Me quedaban cinco por repartir.
Un pintor, un guitarrista, una muñeca roja, un violinista y un churrero.
Subí hasta Plaza Mayor y aquí es donde se tuerce el objeto y el contenido. Voy buscando a mi pintor sin mucho ánimo, ya que es día de semana, y allí está, al final de los arcos, más cerca de la puerta que da a la Santa Cruz. Me detengo. Me mira. Mira la bici. Está leyendo. Yo sin decir nada, rebusco en mis bolsillos y saco su foto. Me la pongo en la boca, mientras guardo las demás y el pintor me mira de reojo. Vuelve al libro, y le interrumpo:
- perdone que le interrumpa, tengo una foto de usted.
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PD: este post originalmente tenía cuatro partes e iba íntegramente para swibel. Por alguna razón me ha parecido mejor separarlo en las cuatro parrafadas, y subir las tres primeras en cada blog. La cuarta, es la más fantástica y extraña, y encierra esos momentos de la vida, que duran 2 ó 3 minutos y en el que todo alcanza una cierta altura –no intelectual, ni emocional-, un “no hacer nada”, al acorde de un violín, de la mirada atenta de una señora. Esa parte, prefiero contarla a aquel que me recuerde que existen esos 2 ó 3 minutos. Eso si, os dejo la alegría personificada de un encuentro entre lo imaginario y lo real.
jueves, 28 de junio de 2007
martes, 26 de junio de 2007
viernes, 15 de junio de 2007
hogar al norte
Una vez encontrado el Viento del Norte, hay que pedirle que nos lleve a su casa.
Y es lo que he hecho.
Y seré un pastor de ovejas noruego, al menos por tres días.
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Y es lo que he hecho.
Y seré un pastor de ovejas noruego, al menos por tres días.
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jueves, 14 de junio de 2007
Días van, días vienen
Ayer, temprano en la mañana, estuve entre abogados. Luego asistí, las siguientes ocho horas, a una convención de economistas y contables; y para acabar el día tuve cita con un psicólogo.
Quizás, me faltó agendar una revisión con el proctólogo en la hora libre del mediodía.
En todo caso la reflexión que toca hacer, no debería ir encaminada sobre qué he hecho TAN mal para transitar por un día como ese, sino sobre cómo es posible que mañana temprano estaré apaciblemente leyendo un libro de ya leído -rescatado por puro azar-, luego rodeado de curiosos cuentacuentos y por la tarde rumbo a un acantilado de medio kilómetro de altura, bajo una pronosticada lluvia, dentro de un chubasquero naranja y subido en una bicicleta.
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Quizás, me faltó agendar una revisión con el proctólogo en la hora libre del mediodía.
En todo caso la reflexión que toca hacer, no debería ir encaminada sobre qué he hecho TAN mal para transitar por un día como ese, sino sobre cómo es posible que mañana temprano estaré apaciblemente leyendo un libro de ya leído -rescatado por puro azar-, luego rodeado de curiosos cuentacuentos y por la tarde rumbo a un acantilado de medio kilómetro de altura, bajo una pronosticada lluvia, dentro de un chubasquero naranja y subido en una bicicleta.
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martes, 12 de junio de 2007
lunes, 11 de junio de 2007
viernes, 8 de junio de 2007
¿Qué tienen que ver el café de cafetera y planchar una camisa?
Mucho.
Por ejemplo, veamos con detenimiento esta semana.
Me he descuidado con las camisas.
No he podido plancharlas todas a la vez el domingo.
Así que la solución ha sido planchar cada mañana, la camisa del día.
Pero el lunes ocurrió algo curioso: y es que puse la cafetera antes de planchar.
Y mientras planchaba el agua hirvió, hasta borbotear.
Y entonces, me pregunté en ese mágico y casero momento, si podría planchar una camisa entera antes de que bullera el agua del café.
Estamos tontos de atar.
Pero sigamos... no sin antes desvelar...
(La clave de mi planchado: parte delantera izquierda, bolsillo -si lo hubiera-, parte delantera derecha, espalda, hombro der, hombro izq, cuello, manga izq y manga der)
Respuestas a mi inquietud matutina...
-- El lunes el café estuvo listo sin empezar las mangas. Mu´Mal.
-- El martes el café estuvo listo a falta de una manga entera. Mejorable tirando a regulero.
-- El miércoles (anteayer) el café estuvo listo sin tan siquiera acabar la espalda. Fatal de la muerte.
-- El jueves (ayer) el café estuvo listo a falta de dos pasadas de la última manga. Ouch!
-- El viernes (hoy) he pasado de planchar un carajo, me he puesto la misma camisa del lunes y me he bebido el café sin un ápice de estrés.
¿Qué tienen que ver el café de cafetera y planchar una camisa?
Nada, si tú no quieres.
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Por ejemplo, veamos con detenimiento esta semana.
Me he descuidado con las camisas.
No he podido plancharlas todas a la vez el domingo.
Así que la solución ha sido planchar cada mañana, la camisa del día.
Pero el lunes ocurrió algo curioso: y es que puse la cafetera antes de planchar.
Y mientras planchaba el agua hirvió, hasta borbotear.
Y entonces, me pregunté en ese mágico y casero momento, si podría planchar una camisa entera antes de que bullera el agua del café.
Estamos tontos de atar.
Pero sigamos... no sin antes desvelar...
(La clave de mi planchado: parte delantera izquierda, bolsillo -si lo hubiera-, parte delantera derecha, espalda, hombro der, hombro izq, cuello, manga izq y manga der)
Respuestas a mi inquietud matutina...
-- El lunes el café estuvo listo sin empezar las mangas. Mu´Mal.
-- El martes el café estuvo listo a falta de una manga entera. Mejorable tirando a regulero.
-- El miércoles (anteayer) el café estuvo listo sin tan siquiera acabar la espalda. Fatal de la muerte.
-- El jueves (ayer) el café estuvo listo a falta de dos pasadas de la última manga. Ouch!
-- El viernes (hoy) he pasado de planchar un carajo, me he puesto la misma camisa del lunes y me he bebido el café sin un ápice de estrés.
¿Qué tienen que ver el café de cafetera y planchar una camisa?
Nada, si tú no quieres.
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jueves, 7 de junio de 2007
Pre-sentimientos

Hay una historia de Bradbury en el que todos los hombres y mujeres del mundo se despiertan con el presentimiento de que “ese” es el último día de la humanidad. Del planeta entero. Pero nadie dice nada por diferentes razones. En cierta forma, mientras no abran la boca parece que no está pasando nada. Y sin embargo todos saben lo mismo y comparten ese indefectible pensamiento. Existe la certeza o la incertidumbre clara de que son las últimas horas de los hombres y mujeres. Y se abre la posibilidad, también axiomática, de que el día podría ser diferente.
Pero el día transcurre como cualquier otro.
Cuando en realidad es el último.
No es por ponernos filosóficos, pero... ¿y si hoy fuera ese día?
(todo el día pensando en esta historia,... de esos días que si pudieras regresar al punto de 6 de la mañana, sin duda lo harías, aunque sea muy infantil razonar con el regreso del tiempo. Una solución más loable, sería llegar a casa, y realizar un giro de acróbata veterano que te hiciese caer en la cama casi sin pijama y dormir. Dormir, dormir, dormir.... dormir hasta las 6 de la mañana del día siguiente.)
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martes, 5 de junio de 2007
La piedra azul (ii)
Andrea va leyendo por si misma sus primeros libros, y eso lleva a la inevitable consecuencia de que ha quedado atrapada en el encanto de una piedra azul.
No sospeché, cuando compré el libro, que le fuese a gustar. Bonitos colores, sencillas ilustraciones, pero una historia más o menos compleja.
Pero dejarlo sobre la mesa de juegos y que Andrea se enamorará del libro fue cosa de un segundo.
No entiendo por qué, pero lo abraza, lo sincera y lo toca con su mano muy despacio, dentro muy dentro en las ilustraciones que hay hoja tras hoja.
Lo deja olvidado y de repente dice: “¡es verdad, la piedrazul!...” mira el libro y lo cuenta a su manera, pasando despacio o rápido las páginas que le interesan.
Ya nos lo ha contado a Pablo y a mi unas quince o veinte veces. A otros espectadores, unas cinco veces.
Admito que cambiar el papel de cuentacuentos, sienta muy bien. Es ella la lee y Pablo y yo los que aplaudimos. Y decimos inspirando muy fuerte: “Haaaaaala!”
Asombrada y encantados.
Ella por la piedra azul y yo por su entusiasmo.
Tienes que dejar que te lo cuente.
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lunes, 4 de junio de 2007
Semos humanos (versión extralarga)

Semos humanos porque esperamos sentados a que algo ocurra.
Y lo semos de corazón.
(a veces con banda sonora dentro del coche)
(a veces bajo el sol leyendo)
(a veces dentro de una habitación de cortinas preciosas)
Semos humanos porque miramos al que espera sentado y tenemos ganas de hablarle, para contarle, que también esperamos; a veces sentados, a veces de pie, a veces corriendo, a veces frente al espejo. Porque semos humanos.
Y vamos juntos o separados, sentados en una fila de cuatro, o en cuatro filas de uno, esperando para entrar al museo, para tomar una caña, para ir al cine, para comprar medio pollo asado, para sacar un ticket del metro o para comer una tostá de pulpo con pimiento picante.
Lo semos de espíritu.
(a veces jugando con las bazas)
(a veces escogiendo una lámina antigua de cine)
(a veces debajo de una sombrilla china)
Esperando para subir por un ascensor, o bajar por una escalera.
Semos humanos porque nos regresamos siempre con lo puesto, dejando a todos los demás de la misma manera.
Por eso semos lo que semos, y todo se circunscribe a lo espectacularmente humano. Semos humanos cuando estamos en la calle o aquí, pero fuera de la casa, fuera de la iglesia, fuera de la caseta, fuera de la fiesta ajena, lejos de las paredes del curro, fuera de todo lo que no es translúcido como el cristal.
Y salimos porque queremos ser lo que semos.
Humanos.
Y lo semos con la cabeza.
(a veces pintando un lienzo con una risa dentro)
(a veces escribiendo en una libreta improvisada)
(a veces yendo, misteriosamente, de una acera a otra)
Todos al unísono entendemos lo que semos, en un instante pequeño o de laguna en laguna, y por eso mismo todo se eleva como un vapor de alientos, que dicen “uf!”, confirmando lo que ya se ha dicho una y otra vez. Que semos humanos. Porque en resumidas cuentas, intentamos ser sutiles y estruendosos a la vez; siendo repetitivos hasta el cansancio, pero sin manosearnos. ¡Oye! que sólo en boca del que vive en la calle lo habrás de oír: “semos lo que semos, y hacemos lo que podemos”.
Eso.
viernes, 1 de junio de 2007
Luis "Carreño"

Últimamente pienso mucho en las coincidencias y en cómo llegan hasta la puerta de casa. En un principio, cuando empiezas a sospechar que son una cosa maravillosa, las apartas y tratas de contrastarlas, de darles cierto halo de autenticidad. De no revelar al otro, que la coincidencia ha sucedido para que no haya titubeos sobre si fue ficción forzada o realidad. Y una vez comprobada se guarda o se comparte. Según pasa el tiempo, se aceptan y hasta se llega a minimizar su efecto y su importancia. Ya sea que estas ocurran con frecuencia o desaparezcan por largos espacios, damos por sentado que la vida es así y que ya tenemos edad para “entenderlas” y convivir sin el asombro inicial.
Sin embargo, ahora que las veo venir, sin maravillarme, sin el oh-oh, sin el “vender” la moto, pienso en cómo llegan hasta la puerta de casa. Por qué me rondan ciertas palabras, ciertos nombres, ciertas ciudades, ciertas páginas de libros. Ciertas notas sobre un pentagrama.
Y el pensar en el “cómo”, últimamente me lleva a actuar, a tomar la coincidencia por el cuello y usarla para algo. Dejarlas estar también está bien, pero coger una melodía (llena de “antes”) que llevas en la cabeza todo el día y encontrarla en boca de un saxofonista frente al museo Reina Sofía, da la pequeña energía necesaria para sentarse a conversar un rato con Luis, y descubrir que ha vivido en Caracas, y que la melodía la aprendió debajo del Museo “Teresa Carreño” y que no ensaya en su pequeña habitación del barrio de Lavapiés, porque se aburre, se acalora y no quiere molestar a sus vecinos, y entonces sale al fresco de la tarde y se planta en la Plaza delante del Reina Sofía a esperar su coincidencia. Y recibir una pregunta del tipo: “Esa canción no es de Madrid”. Y entonces llegas a un nuevo estado de la cuestión: y es que hallas una coincidencia sin contrastarla, un punto en el que no hace falta averiguar la ficción o realidad, simplemente sabes que más allá del punto conocido Luis aprendió la melodía de un viejo compañero del conservatorio, que estudiaba saxofón en el “Teresa Carreño”, que se sabía muy bien las notas de esa melodía ensayándolas al mediodía sobre el mármol del teatro, y que por supuestísimamente, también se llamaba Luis. Eso... eso no hace falta preguntarlo.
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