
1. Mi jefe
Días de mucho trabajo. Lo he resumido en un SMS que le he puesto a una amiga el día de ayer: “estoy desbordado”. Mi jefe es muy buen jefe (el mejor que he tenido nunca) y nos invita a quedarnos por la tarde para currar como buenos currantes que somos. Me doy cuenta que en épocas de presión, trabajo más a gusto, más concentrado, y con la extraña sensación de que soy más útil a mi equipo en semanas como estas que en todas las demás.
Hace dos semanas mi jefe se ha sentado conmigo para hablar de mi futuro laboral. Sabe que me aburro una barbaridad en los tiempos muertos, y sabe que eso desmejora mucho la calidad de mi trabajo. O como el suele decir: “la aportación de valor”. Deja la pelota en mi tejado y me invita a moverme.
Soy un alfil, una torre, un caballo. No un peón. Era un peón. Soy un peón. Una torre, un caballo, un alfil. Vaya días tan oportunos para volver a jugar al ajedrez.
Como nos quedamos por la tarde, volvemos a comer en el bar de enfrente y mi jefe (que no tiene a nadie en casa por estos días) decide venirse con nosotros. Hablamos de camino al bar, de trabajo, de la empresa, de lo lamentable que es la dirección a alto nivel, de los días estivales, de no tener a nadie en casa por estos días. Curiosamente no hablamos del telediario, ni del tiempo, ni de fútbol, ni de temas repetitivos.
Hace una semana me he sentado con mi jefe a proponerle un nuevo futuro laboral para los dos. Me aburro una barbaridad delante de los cientos de excel que gestiono diariamente y sé que estoy afectando a la calidad del equipo. No aporto el valor necesario y tengo una propuesta interesante.
Nos sentamos a la mesa, y todos pedimos la misma ensalada (jardinera, con pasta de lacitos y salsa rosada con maíz dulce) y los mismos escalopines al vino. Cuando nos traen los escalopines noto lo diferente que afrontamos el plato mi jefe y yo. El trocea todo de una vez, dejando pequeños mini-escalopines por todo el plato y yo voy cortando según voy comiendo; y dando vuelta al filete según corto. Sabe un huevo mi jefe. La practicidad y eficiencia que le sale por los poros es extensible a todo lo que hace. Llámese filosofía o velo sistémico, el caso es que hay coherencia en mi jefe. Y según lo veo, creo que he acertado con mi propuesta. Los dos estamos de buen humor y nos entendemos mejor desde hace una semana. Trabajo más concentrado y poco hay que criticar bajo presión y al 120% de rendimiento. Es duro aprender el uno del otro y disfrutar algo tan sencillo como picar un filete de forma divergente o con coherencia, o trazar una línea discontinua entre cien hojas de excel. El tema es asumir cómo funciona orgánicamente cada uno y mirar hacia el futuro. Hallada esta claraboya, es cuestión de tiempo avanzar un paso más.
En octubre, dejo mi trabajo.
T5cD!
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2. El negro es negativo, el rojo positivo (¿o era al revés?)
He puesto cables de batería a batería de coche, muchas veces. Muchísimas cuando tenía un mustang más viejo que yo y algunas menos ahora que tengo un Fiat que envejece conmigo.
Hoy me he dejado puestas las intermitentes todo el día. Y se ha descargado la batería.
Dar a la llave y que parpadeen todos los íconos luminosos como diciendo “ohhhh, vénganos por nuestro honor, por favor” es una situación difícil de afrontar bajo la calurosa tarde de un miércoles.
Así que he abierto el capó, he sacado los cables de contacto, y me he puesto en mitad de la vía a esperar un incauto de buen corazón.
Y ha picado un PEUGEOT ULISES de grandes dimensiones.
Pero ha sido en vano. Créalo o no querido espectador, no hemos podido encontrar la batería. Allí estábamos, quien esto escribe, con las dos pinzas (rojinegras) mordiendo al aire como pirañas y el altruista chofer del FIAT ULISES, manual en mano, intentado localizar la dichosa batería. Dos pardillos machacados por la modernidad. Se ha marchado, el de la ULISES muy decepcionado.
De nuevo a la vía.
Y de nuevo ha picado otro coche, esta vez un SMART de pequeñísimos espacios.
Una chica muy amable, lo ha intentado, pero no hemos podido abrir el capó del pequeño coche. Sólo una especie de ranura con tapa desmontable que daba acceso a dos o tres bocas de fluidos y nada más. Se ha marchada consternada y con sensación de llevar un coche poco práctico. O poco coche.
Salto al asfalto, nuevamente, y cae un BMW de última generación.
Muy amable el tío todo trajeado, pero fue más un alarde de “hypertecnologíaalemana” que otra cosa. No encontramos batería alguna, y todas las entrañas debajo del capó parecían más el equipamiento de la nave que trajo a Supermán a la tierra, que el de un coche de este año. Se fue ligero, como llegó.
Último intento, antes de la opción de abandonar el coche e irme a casa en Metro.
Pasa un compañero de trabajo con un Ford Fiesta azul.
Cable pati, cable pami, ñiqui, ñiqui... rummm, rummmm... “que no se te cale cabrón”. Mil gracias. Eres todo corazón. Pagaré tus cafés de toda la semana. Bien. Ruuuummm, rummmmm!!!
Esto no lo contaban en las revistas de Mecánica Popular.
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3. Conocí una chica en Noruega
Fue instantáneo.
La parte descorazonadora del encuentro debería ser que ella apenas supo que la conocí en ese breve instante de reojo.
Y digo debería, porque conocer a alguien en un pis-pas no significa que te guste.
Lo mismo aplica si apenas te das cuenta de que te conocen en un instante.
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