
Hay una historia de Bradbury en el que todos los hombres y mujeres del mundo se despiertan con el presentimiento de que “ese” es el último día de la humanidad. Del planeta entero. Pero nadie dice nada por diferentes razones. En cierta forma, mientras no abran la boca parece que no está pasando nada. Y sin embargo todos saben lo mismo y comparten ese indefectible pensamiento. Existe la certeza o la incertidumbre clara de que son las últimas horas de los hombres y mujeres. Y se abre la posibilidad, también axiomática, de que el día podría ser diferente.
Pero el día transcurre como cualquier otro.
Cuando en realidad es el último.
No es por ponernos filosóficos, pero... ¿y si hoy fuera ese día?
(todo el día pensando en esta historia,... de esos días que si pudieras regresar al punto de 6 de la mañana, sin duda lo harías, aunque sea muy infantil razonar con el regreso del tiempo. Una solución más loable, sería llegar a casa, y realizar un giro de acróbata veterano que te hiciese caer en la cama casi sin pijama y dormir. Dormir, dormir, dormir.... dormir hasta las 6 de la mañana del día siguiente.)
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