viernes 1 de junio de 2007

Luis "Carreño"



Últimamente pienso mucho en las coincidencias y en cómo llegan hasta la puerta de casa. En un principio, cuando empiezas a sospechar que son una cosa maravillosa, las apartas y tratas de contrastarlas, de darles cierto halo de autenticidad. De no revelar al otro, que la coincidencia ha sucedido para que no haya titubeos sobre si fue ficción forzada o realidad. Y una vez comprobada se guarda o se comparte. Según pasa el tiempo, se aceptan y hasta se llega a minimizar su efecto y su importancia. Ya sea que estas ocurran con frecuencia o desaparezcan por largos espacios, damos por sentado que la vida es así y que ya tenemos edad para “entenderlas” y convivir sin el asombro inicial.
Sin embargo, ahora que las veo venir, sin maravillarme, sin el oh-oh, sin el “vender” la moto, pienso en cómo llegan hasta la puerta de casa. Por qué me rondan ciertas palabras, ciertos nombres, ciertas ciudades, ciertas páginas de libros. Ciertas notas sobre un pentagrama.
Y el pensar en el “cómo”, últimamente me lleva a actuar, a tomar la coincidencia por el cuello y usarla para algo. Dejarlas estar también está bien, pero coger una melodía (llena de “antes”) que llevas en la cabeza todo el día y encontrarla en boca de un saxofonista frente al museo Reina Sofía, da la pequeña energía necesaria para sentarse a conversar un rato con Luis, y descubrir que ha vivido en Caracas, y que la melodía la aprendió debajo del Museo “Teresa Carreño” y que no ensaya en su pequeña habitación del barrio de Lavapiés, porque se aburre, se acalora y no quiere molestar a sus vecinos, y entonces sale al fresco de la tarde y se planta en la Plaza delante del Reina Sofía a esperar su coincidencia. Y recibir una pregunta del tipo: “Esa canción no es de Madrid”. Y entonces llegas a un nuevo estado de la cuestión: y es que hallas una coincidencia sin contrastarla, un punto en el que no hace falta averiguar la ficción o realidad, simplemente sabes que más allá del punto conocido Luis aprendió la melodía de un viejo compañero del conservatorio, que estudiaba saxofón en el “Teresa Carreño”, que se sabía muy bien las notas de esa melodía ensayándolas al mediodía sobre el mármol del teatro, y que por supuestísimamente, también se llamaba Luis. Eso... eso no hace falta preguntarlo.