El día vuelve a empezar. El sol sube.
Son las 6 y media de la mañana. Hago puré de crema de calabaza. Se cae el pan rallado desde el estante más alto de la cocina y ahora hay dunas de pan sobre la vitrocerámica, en el suelo y en cada posible escalón que existe entre el estante y el suelo: campana, puertitas, horno, cajones. Buena suerte, mala suerte, quién puede decirlo. Limpio el desastre del pan rallado con mucha resignación. De rodillas como la metáfora de Cenicienta que presencio en ella los últimos días. Preparo dos biberones para Pablo y Andrea y mientras lo toman, busco la ropa de ambos. Doy un baño a Andrea y Pablo juega con un cubo mágico en la cuna. Nos vestimos los tres y salimos muy deprisa a la Casa Encendida. Tan deprisa que me dejo el biberón de agua, que echaré en falta todo el día. Mala suerte, buena suerte, quién puede decirlo. Llegamos a las 10 y media y no hay entradas para los piratas. Buena suerte, mala suerte, quién puede decirlo. Decepción. Andrea que no se entere. O si, que se entere. Le explico lo que ha sucedido. Busco en la agenda de actividades si hay teatro hoy domingo, por aquí cerca. Si que hay: y de piratas. Buena suerte, mala suerte, quién puede decirlo. Llamo al teatro y nadie lo coge. Eso mismo, quién puede decirlo. Voy raudo a Plaza de España por Bailén para buscar el Teatro las Tablas que lamentablemente no encontré. Tampoco tenía ganas de buscarlo, el tiempo había dado un giro de 180 grados y ahora hacia un viento frío que tiraba pa´tras. Aparqué al lado de la Plaza y con la misma, pasados 10 minutos, decidí volver a la Casa Encendida a intentar entrar sin entrada, movido por la fuerte convicción de obtener las cosas de otra forma olvidada. La mano izquierda, que dicen. Pienso por un momento en ir al festival de títeres de Segovia, pero la razón se impone ya que es un viaje muy largo e innecesario. Pablo duerme y Andrea va mirando por la ventana. Llego a la Casa Encendida y aparco a la primera y sin problemas. Buena suerte, mala suerte, quién puede decirlo. Falta media hora para la función de Piratas. Subimos a la terraza, admiramos y miramos. Hacemos decenas de fotos. Bajamos por todas las plantas, como gamberros moderados, y Andrea juega con el ascensor a llamar todos los botones. El ascensor tiene puertas a ambos lados, así que no hay fondo, ni principio. Abre por una puerta o por otra según la planta en la que toque, y nosotros las tocamos todas. Faltan 2 minutos para la obra de piratas. Nos acercamos. Nos dicen que no podemos entrar, pero hay un televisor para ver la función. Eso mismo, quién puede decirlo. Nos sentamos junto a otras personas sin entradas. Todos con cara de resignación –y contentos- delante del televisor. Andrea está desconcertada. Pero le gusta. No, no le gusta ya que quiere entrar. Es la hora de la función y nos dicen sorpresivamente que pasemos dentro. Buena suerte, mala suerte, quién puede decirlo. Entramos y vemos la función. El pulpo más feo del mundo nos asusta a todos. Salimos y es hora de comer. Buscamos restaurante de pasta y pizzas. No lo encontramos. Andrea duerme y Pablo espabila. Entramos en un bar cualquiera después de caminar 4 ó 5 manzanas. No es uno cualquiera. Buena suerte, mala suerte, quién puede decirlo. La comida es muy mala, excepto mi crema de calabaza para Pablo. Eso y yogures para todos. Salimos de allí y nos vamos a Alcobendas despacito, a ver si entramos en fase siesta. Pablo duerme y Andrea mira los parques pasar. Bajamos en uno y jugamos mirando a Pablo dormir. Subimos y vamos al parque de la Campana de la Paz, y en el camino tengo la tentación de robar un cono de tránsito. No lo hago. Bajamos en el bulevar y Andrea monta en bici hasta otro parque de colores. Jugamos todos un rato y regresamos con ganas de helado. Buscando, buscando y perdiéndonos varias veces, llegamos a la heladería de Tino y pedimos unas tarrinas que son más grandes de lo que pensábamos. Buena suerte, mala suer6te, quién puede decirlo. Fresa y Queso Mascarpone. Comemos, nos helamos y subimos al coche. Bajamos a casa y Andrea se duerme mientras Pablo sonríe. Estamos al lado del parque de casa. Vamos a jugar y antes de las 6 regresamos a casa. De camino Andrea ve un coche idéntico al nuestro y piensa que nos lo han robado los ladrones. Los piratas, quizá. Llora desconsolada y le explico que no es el nuestro. No me cree. Mala suerte, buena suerte, quién puede decirlo. Regresamos hasta el coche y comprobamos que nuestro coche sigue allí. Nos lo han devuelto los ladrones. Los piratas no roban coches, roban galeones. Mala suerte, buena suerte, quién puede decirlo. Todo ha ido bien. Se quedan los niños y yo regreso a casa cambio de atuendo y cojo la bici. Son las 6 y media de la tarde.
El día vuelve a empezar. El sol baja.
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1 comentario:
12 horas como 12 rounds.
Bonita pelea.
Apuesto por usted.
Buena suerte, aunque no la necesite.
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