miércoles, 30 de mayo de 2007

El 90% de Bo Peep



Siempre me llamó la atención un post de Bo Peep en el que compartía con el personal que no posteaba ni el diez por ciento de lo que se le ocurría para el blog. Hacía un breve comentario sobre el asunto de escribir chorradas, borradores, anotaciones, garabatos en un papel o en un espacio con cursor, y guardártelas casi sin ningún criterio, y que casi daba lo mismo una cosa que otra, salvo alguna excepción.
Pensaba en estas ideas, mientras ordenaba en mi cabeza el noventa por ciento de lo que no suelo postear y me decía a mi mismo que encantado le cambiaba a Bo Peep su noventa por ciento por el mío.

Que pronto más extraño pensar en una cosa así.

Una cosa que cabe dentro del diez por ciento restante.

martes, 29 de mayo de 2007

La luna de otro

Voy conduciendo por la M-30 y miro a través de la luna del coche que va delante de mi.
Suelo hacerlo si voy muy metido en la música que escuchoPero hoy me he atrevido a mirar en la del coche siguiente, y el siguiente, y el siguiente.
Ha sido espectacular, porque he llegado muy lejos, y he recordado el cuento aquel del lanzamiento de miradas.
Así que he vuelto de nuevo a mi luna y he bajado las ventanillas del coche. Todas ellas.
Menos mal que íbamos despacio y muy relajados por la m-30.

Seguro que usté también ha pasado por esta experiencia.

viernes, 25 de mayo de 2007

Fotógrafos



Esta imagen es un recorte de una foto hecha por Andrea, con Pablo de productor "aplaudístico".

No se ven las sonrisas.

jueves, 24 de mayo de 2007

Café ubicuo




Que extraño, tomarse un café en la calle Caracas, en Madrid, al lado de la embajada de Suecia y de un restaurante japonés... Un café panameño, faltaría más.

miércoles, 16 de mayo de 2007

12 horas

El día vuelve a empezar. El sol sube.

Son las 6 y media de la mañana. Hago puré de crema de calabaza. Se cae el pan rallado desde el estante más alto de la cocina y ahora hay dunas de pan sobre la vitrocerámica, en el suelo y en cada posible escalón que existe entre el estante y el suelo: campana, puertitas, horno, cajones. Buena suerte, mala suerte, quién puede decirlo. Limpio el desastre del pan rallado con mucha resignación. De rodillas como la metáfora de Cenicienta que presencio en ella los últimos días. Preparo dos biberones para Pablo y Andrea y mientras lo toman, busco la ropa de ambos. Doy un baño a Andrea y Pablo juega con un cubo mágico en la cuna. Nos vestimos los tres y salimos muy deprisa a la Casa Encendida. Tan deprisa que me dejo el biberón de agua, que echaré en falta todo el día. Mala suerte, buena suerte, quién puede decirlo. Llegamos a las 10 y media y no hay entradas para los piratas. Buena suerte, mala suerte, quién puede decirlo. Decepción. Andrea que no se entere. O si, que se entere. Le explico lo que ha sucedido. Busco en la agenda de actividades si hay teatro hoy domingo, por aquí cerca. Si que hay: y de piratas. Buena suerte, mala suerte, quién puede decirlo. Llamo al teatro y nadie lo coge. Eso mismo, quién puede decirlo. Voy raudo a Plaza de España por Bailén para buscar el Teatro las Tablas que lamentablemente no encontré. Tampoco tenía ganas de buscarlo, el tiempo había dado un giro de 180 grados y ahora hacia un viento frío que tiraba pa´tras. Aparqué al lado de la Plaza y con la misma, pasados 10 minutos, decidí volver a la Casa Encendida a intentar entrar sin entrada, movido por la fuerte convicción de obtener las cosas de otra forma olvidada. La mano izquierda, que dicen. Pienso por un momento en ir al festival de títeres de Segovia, pero la razón se impone ya que es un viaje muy largo e innecesario. Pablo duerme y Andrea va mirando por la ventana. Llego a la Casa Encendida y aparco a la primera y sin problemas. Buena suerte, mala suerte, quién puede decirlo. Falta media hora para la función de Piratas. Subimos a la terraza, admiramos y miramos. Hacemos decenas de fotos. Bajamos por todas las plantas, como gamberros moderados, y Andrea juega con el ascensor a llamar todos los botones. El ascensor tiene puertas a ambos lados, así que no hay fondo, ni principio. Abre por una puerta o por otra según la planta en la que toque, y nosotros las tocamos todas. Faltan 2 minutos para la obra de piratas. Nos acercamos. Nos dicen que no podemos entrar, pero hay un televisor para ver la función. Eso mismo, quién puede decirlo. Nos sentamos junto a otras personas sin entradas. Todos con cara de resignación –y contentos- delante del televisor. Andrea está desconcertada. Pero le gusta. No, no le gusta ya que quiere entrar. Es la hora de la función y nos dicen sorpresivamente que pasemos dentro. Buena suerte, mala suerte, quién puede decirlo. Entramos y vemos la función. El pulpo más feo del mundo nos asusta a todos. Salimos y es hora de comer. Buscamos restaurante de pasta y pizzas. No lo encontramos. Andrea duerme y Pablo espabila. Entramos en un bar cualquiera después de caminar 4 ó 5 manzanas. No es uno cualquiera. Buena suerte, mala suerte, quién puede decirlo. La comida es muy mala, excepto mi crema de calabaza para Pablo. Eso y yogures para todos. Salimos de allí y nos vamos a Alcobendas despacito, a ver si entramos en fase siesta. Pablo duerme y Andrea mira los parques pasar. Bajamos en uno y jugamos mirando a Pablo dormir. Subimos y vamos al parque de la Campana de la Paz, y en el camino tengo la tentación de robar un cono de tránsito. No lo hago. Bajamos en el bulevar y Andrea monta en bici hasta otro parque de colores. Jugamos todos un rato y regresamos con ganas de helado. Buscando, buscando y perdiéndonos varias veces, llegamos a la heladería de Tino y pedimos unas tarrinas que son más grandes de lo que pensábamos. Buena suerte, mala suer6te, quién puede decirlo. Fresa y Queso Mascarpone. Comemos, nos helamos y subimos al coche. Bajamos a casa y Andrea se duerme mientras Pablo sonríe. Estamos al lado del parque de casa. Vamos a jugar y antes de las 6 regresamos a casa. De camino Andrea ve un coche idéntico al nuestro y piensa que nos lo han robado los ladrones. Los piratas, quizá. Llora desconsolada y le explico que no es el nuestro. No me cree. Mala suerte, buena suerte, quién puede decirlo. Regresamos hasta el coche y comprobamos que nuestro coche sigue allí. Nos lo han devuelto los ladrones. Los piratas no roban coches, roban galeones. Mala suerte, buena suerte, quién puede decirlo. Todo ha ido bien. Se quedan los niños y yo regreso a casa cambio de atuendo y cojo la bici. Son las 6 y media de la tarde.

El día vuelve a empezar. El sol baja.

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jueves, 10 de mayo de 2007

Delirios que hay que seguir con atención

Llegó a casa, indignado, con una revista de la Nacional Geographic en la cual el reportaje central versa sobre un hombre de 42 años, con dos hijos, separado y sin ningún entrenamiento físico adecuado que sin pensárselo dos veces se lanzó a la carretera con una bicicleta a dar la vuelta a Australia.
Casi nada. Una vuelta.
Si él puede, a esa edad, en esas condiciones, nosotros podemos.
Podemos lo que sea.
Es como erguirse sobre la falta de potencial de un semejante y generar automáticamente energía cinética.
Potencial, cinética.
Todo es relativo, la verdad.
Como ver una película, salir del cine, coger la bici, decir a todos: “adeu”, y rodar 4 días por la geografía nacional.
Y relativizo, entre cables interiores que conecto y desconecto. Me doy cuenta ahora que empujo la bici de mi hija de tres años, y que ella protesta. Al empujar la espalda de mi niña, me doy cuenta de la fuerza que yo hago. Que hace mi brazo, mi espalda, mi yo. Y hago fuerza porque hay pendiente. Si fuese de bajada no haría fuerza y Andrea no protestaría y pedalearía sintiendo que ella es la pura energía cinética, sin añadir el ejercicio del potencial. Andrea es pura energía cinética, que imagen. Pero entonces me voy al caso contrario, a la vez que intento empujar a Andrea sin que se de cuenta, y es que mientras más pendiente existe más fuerza es necesaria y más protesta mi hija porque yo creo que ella no podrá ser capaz de subir tanta pendiente. Está fuera de la campana de gauss de las posibilidades. Mi temor es potencial. Temo a la montaña, creo en la campana de gauss, porque mientras más pendiente exista, más fuerza es necesaria. Y como este planeta es causa y efecto, pienso que la montaña es excesivamente fuerte. Y procedo a catalogar todas las montañas en términos de fuerza, y me pregunto si el Everest es la cosa más fuerte del planeta o debería empezar a catalogar también hondonadas y valles. Y me salto los océanos porque rigen leyes diferentes. Y entiendo que la montaña no va para ninguna parte porque se equilibra lo que sube con lo que baja, a excepción de que te mueras en la cumbre como Mallory. Que a buen seguro protestaba si un sherpa nepalí se ofrecía a empujarlo por la espalda.
Y es que Mallory seguro pensaba que podemos lo que sea. Y que todo es relativo. Porque a Mallory lo encontraron gracias a su espalda.
Así que concluyendo, el tema de los potenciales y el cinetismo, si un hombre que está claramente fuera de la campana de gauss de las posibilidades puede dar la vuelta a Australia sobre una bicicleta sin morirse y sin que lo empuje su madre (por correspondencia parental), entonces no hay nada que temer de las fuerzas potenciales que se esconden en lo plano, en las pendientes positivas y negativas, mucho menos en el interior.

Y henos aquí, que para hacer todo este recorrido, he tenido que conectar y desconectar unos cuantos cables dentro de mi, y volver a las ecuaciones con tiempos al cuadrado, a habitaciones con moqueta y revistas de la Nacional Geographic desperdigadas por doquier, a la estantería del buen montañista, al padre, a los hijos, a las madres y al cabronazo que dio la vuelta a Australia sobre una bicicleta con veinte años más que nosotros y que por si fuera poco, van y le hacen un reportaje central en la National Geographic.

Puf!

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