lunes, 5 de noviembre de 2007

Explorando ideas concatenadas

Unido al hecho de que soy idiota y que prefiero mirar tres pollos a atender una chica que me habla, llevo un buen rato intentando escribir una carta en inglés y no me acaba de salir como quiero.

Busco una palabra que no sé cómo traducir.

Así que estoy perdiendo el tiempo, escuchando le 11 y 6 de Fito, editando fotos, escribiendo un par de ideas para Swibel y Spica y pensando que esta semana va a ser complicada.
Procastrinación aparte, Fito Paez, sugiere que si te cruzas con él por la calle y no te saluda, no es que sea antipático sino que está pensando en su propia muerte o algo así embebido en una metáfora de brisa que se le pasa y que es la intuición de su destino.
Que morro.
Bonita excusa para un antipático.
Al mismo tiempo, leo un libro donde el protagonista hace cursos por correo con cintas de audio, y cuando no está de acuerdo con alguna idea, rebobina una y otra vez hasta que comprende lo que la frase quiere decir. Si lo dice alguien que sabe más que él, hay que esforzarse en descubrir lo que allí hay dentro. Debería probar con lo que dice Fito, ya que no estoy muy de acuerdo.
Lo cual me lleva a recordar que tuve un profesor de física, que decía que la probabilidad de que una tiza atravesase una pared, existía y era real. Muy pequeña, pero real. Había una diminuta posibilidad de que los átomos vibrantes de una pequeña tiza, “coincidieran” exactamente con la vibración de los átomos vibrantes de una pared cualquiera, y en un preciso momento, todos los espacios coincidiesen dejando pasar la tiza a través de la pared, pulcra y sorprendentemente.
Y entonces, ¡ZAZ!, lanzaba la tiza contra la pared...
... y esta rebotaba y despertaba nuestras mentes –y nuestra risa-.
Por eso, no hay que dejar de lanzar la tiza contra la pared. Ni el profesor, ni yo, ni usté, ni tú, ni tú, ni tú.
Hay una remota posibilidad de que ese lance único suceda.

Ya tengo la palabra que intentaba traducir.

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lunes, 23 de julio de 2007

in-vertebrados

"la pizza como eje vertebrador de una filosofía de vida"

cuando una frase así se instala en tu cabeza, empiezas a plantearte si tienes algo que compartir con el mundo (como la pizza), o estás escuchando demasiados discursos de Gallardón sobre la m-30 y las vértebras de Madrid.

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jueves, 12 de julio de 2007

Tres ideas: delante del ordenador




1. Mi jefe
Días de mucho trabajo. Lo he resumido en un SMS que le he puesto a una amiga el día de ayer: “estoy desbordado”. Mi jefe es muy buen jefe (el mejor que he tenido nunca) y nos invita a quedarnos por la tarde para currar como buenos currantes que somos. Me doy cuenta que en épocas de presión, trabajo más a gusto, más concentrado, y con la extraña sensación de que soy más útil a mi equipo en semanas como estas que en todas las demás.

Hace dos semanas mi jefe se ha sentado conmigo para hablar de mi futuro laboral. Sabe que me aburro una barbaridad en los tiempos muertos, y sabe que eso desmejora mucho la calidad de mi trabajo. O como el suele decir: “la aportación de valor”. Deja la pelota en mi tejado y me invita a moverme.

Soy un alfil, una torre, un caballo. No un peón. Era un peón. Soy un peón. Una torre, un caballo, un alfil. Vaya días tan oportunos para volver a jugar al ajedrez.

Como nos quedamos por la tarde, volvemos a comer en el bar de enfrente y mi jefe (que no tiene a nadie en casa por estos días) decide venirse con nosotros. Hablamos de camino al bar, de trabajo, de la empresa, de lo lamentable que es la dirección a alto nivel, de los días estivales, de no tener a nadie en casa por estos días. Curiosamente no hablamos del telediario, ni del tiempo, ni de fútbol, ni de temas repetitivos.

Hace una semana me he sentado con mi jefe a proponerle un nuevo futuro laboral para los dos. Me aburro una barbaridad delante de los cientos de excel que gestiono diariamente y sé que estoy afectando a la calidad del equipo. No aporto el valor necesario y tengo una propuesta interesante.

Nos sentamos a la mesa, y todos pedimos la misma ensalada (jardinera, con pasta de lacitos y salsa rosada con maíz dulce) y los mismos escalopines al vino. Cuando nos traen los escalopines noto lo diferente que afrontamos el plato mi jefe y yo. El trocea todo de una vez, dejando pequeños mini-escalopines por todo el plato y yo voy cortando según voy comiendo; y dando vuelta al filete según corto. Sabe un huevo mi jefe. La practicidad y eficiencia que le sale por los poros es extensible a todo lo que hace. Llámese filosofía o velo sistémico, el caso es que hay coherencia en mi jefe. Y según lo veo, creo que he acertado con mi propuesta. Los dos estamos de buen humor y nos entendemos mejor desde hace una semana. Trabajo más concentrado y poco hay que criticar bajo presión y al 120% de rendimiento. Es duro aprender el uno del otro y disfrutar algo tan sencillo como picar un filete de forma divergente o con coherencia, o trazar una línea discontinua entre cien hojas de excel. El tema es asumir cómo funciona orgánicamente cada uno y mirar hacia el futuro. Hallada esta claraboya, es cuestión de tiempo avanzar un paso más.

En octubre, dejo mi trabajo.

T5cD!

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2. El negro es negativo, el rojo positivo (¿o era al revés?)
He puesto cables de batería a batería de coche, muchas veces. Muchísimas cuando tenía un mustang más viejo que yo y algunas menos ahora que tengo un Fiat que envejece conmigo.
Hoy me he dejado puestas las intermitentes todo el día. Y se ha descargado la batería.
Dar a la llave y que parpadeen todos los íconos luminosos como diciendo “ohhhh, vénganos por nuestro honor, por favor” es una situación difícil de afrontar bajo la calurosa tarde de un miércoles.
Así que he abierto el capó, he sacado los cables de contacto, y me he puesto en mitad de la vía a esperar un incauto de buen corazón.

Y ha picado un PEUGEOT ULISES de grandes dimensiones.
Pero ha sido en vano. Créalo o no querido espectador, no hemos podido encontrar la batería. Allí estábamos, quien esto escribe, con las dos pinzas (rojinegras) mordiendo al aire como pirañas y el altruista chofer del FIAT ULISES, manual en mano, intentado localizar la dichosa batería. Dos pardillos machacados por la modernidad. Se ha marchado, el de la ULISES muy decepcionado.

De nuevo a la vía.
Y de nuevo ha picado otro coche, esta vez un SMART de pequeñísimos espacios.
Una chica muy amable, lo ha intentado, pero no hemos podido abrir el capó del pequeño coche. Sólo una especie de ranura con tapa desmontable que daba acceso a dos o tres bocas de fluidos y nada más. Se ha marchada consternada y con sensación de llevar un coche poco práctico. O poco coche.

Salto al asfalto, nuevamente, y cae un BMW de última generación.
Muy amable el tío todo trajeado, pero fue más un alarde de “hypertecnologíaalemana” que otra cosa. No encontramos batería alguna, y todas las entrañas debajo del capó parecían más el equipamiento de la nave que trajo a Supermán a la tierra, que el de un coche de este año. Se fue ligero, como llegó.

Último intento, antes de la opción de abandonar el coche e irme a casa en Metro.
Pasa un compañero de trabajo con un Ford Fiesta azul.
Cable pati, cable pami, ñiqui, ñiqui... rummm, rummmm... “que no se te cale cabrón”. Mil gracias. Eres todo corazón. Pagaré tus cafés de toda la semana. Bien. Ruuuummm, rummmmm!!!

Esto no lo contaban en las revistas de Mecánica Popular.

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3. Conocí una chica en Noruega
Fue instantáneo.
La parte descorazonadora del encuentro debería ser que ella apenas supo que la conocí en ese breve instante de reojo.
Y digo debería, porque conocer a alguien en un pis-pas no significa que te guste.
Lo mismo aplica si apenas te das cuenta de que te conocen en un instante.

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jueves, 5 de julio de 2007

Invitación

Tengo 15 minutos para comer algo, antes de entrar al cine.
Entro en el bar de Lempika, a por un cortado y una tarta. Es el bar donde recogí el libro de las mujeres viajeras y que dejé luego en un bar de Gran Vía.
Reconozco a la María José, que me dejó el libro la primera vez.
Pido una tarta de queso y el café.
María José me reconoce y me recuerda de la foto que hice del dios mono y la tarjeta del restaurante. Me cuenta, junto con su compañera que han usado la foto en su blog y en su página web. Hablamos algo de fotos, y todo lo que se puede hablar en cinco breves minutos. Gente de la calle. Gente de Madrid.
Traigamos a esa gente al bar.
Está muy bien esto de la fotografía, abre vertientes que no pensé que fueran posibles para mi. Me invitan a llevar algunas fotos y exponerlas en el local.
Yo alucino.
Acepto.
Aceptan.
Tengo que elegir algunas fotos y volver luego a por otra tarta y un café.
Y lo mejor, es que tengo una idea para todo este tema.
Creo que estará bien. Madrid necesita de más entropía.

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jueves, 28 de junio de 2007

Las ciudades son historias (i) Giorgo, Valentín y la princesa mayor

Ergo, según el último post de ciudades, los puzzles son historias
-siempre quise usar la palabra ergo, con propiedad-


Imagínese una música de violín.
La de Giorgo.
Imagínese un repiqueteo de guitarra.
El de Valentín.

El uno italiano, el otro argentino.
Y usted lo que sea que sea.

Ahora sujete la mano de valentín, la mano de giorgo, la del lince de villanueva del páramo, la de la señora del sombrerito rosa de tucumán, la de antonio el pintor de plaza mayor, la del cowboy que se recuesta sobre la librería del corte inglés en puerta del sol, la de stoikov el acordeonista de plaza de oriente... y empiece a girar.

Gire como poca cosa, y gire, gire, gire, gire, hasta el cansancio. Como el cansancio de dios.
Y ahora...

Pare.
Stop.

¿Mareado?, ¿cansado?, ¿confundido?

Esa pequeña introducción de allí arriba pretende decir, que en mi diario encuentro con Madrid, algunas veces voy atento a las historias que hay en las calles, las paredes, las personas, y que si acaso una melodía te sujeta con amabilidad y te hace girar es decisión propia el seguir girando o decir “yo me bajo”. No profundizar en lo que asombra, sino dejarlo estar. Porque de alguna forma, tampoco es prudente querer abarcar todo lo que se ve o se oye. El murmullo, la imagen borrosa, la intuición de que algo aguarda. Ya lo dijo la sabia “tochilarga” que no todas las escenas deben ser fotografiadas. Y eso practicaba yo, los últimos días.

En eso estaba.

Pero resulta que ahora las historias, salen a la palestra por si solas. Con algo de ayuda, por supuesto.

Llevo conmigo, desde hace semanas, unas diez fotografías de personajes y personas que viven la calle, el centro de Madrid, y poco a poco las he ido dejando en manos de sus dueños como cierre de mis historias con ellos. No como apertura, pensaba yo, sino como final; y pensar: al revelar la foto y que le he fotografiado, se cierra el ciclo de seguir observándolo. También como agradecimiento, un regalo diferente a una moneda, una sorpresa en imagen que casi siempre es bien recibida. Había repartido cuatro de esas fotografías hace algunos días, y me quedaban seis. La quinta la entregué a Stoikov a las 6 de la tarde del día de hoy. Estaba merendando con un par de amigos músicos y le gustó mucho la foto. Me dijo su nombre y me dio las gracias. Le devolví las gracias y me marché. Historia cerrada. Me quedaban cinco por repartir.

Un pintor, un guitarrista, una muñeca roja, un violinista y un churrero.

Subí hasta Plaza Mayor y aquí es donde se tuerce el objeto y el contenido. Voy buscando a mi pintor sin mucho ánimo, ya que es día de semana, y allí está, al final de los arcos, más cerca de la puerta que da a la Santa Cruz. Me detengo. Me mira. Mira la bici. Está leyendo. Yo sin decir nada, rebusco en mis bolsillos y saco su foto. Me la pongo en la boca, mientras guardo las demás y el pintor me mira de reojo. Vuelve al libro, y le interrumpo:

- perdone que le interrumpa, tengo una foto de usted.

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PD: este post originalmente tenía cuatro partes e iba íntegramente para swibel. Por alguna razón me ha parecido mejor separarlo en las cuatro parrafadas, y subir las tres primeras en cada blog. La cuarta, es la más fantástica y extraña, y encierra esos momentos de la vida, que duran 2 ó 3 minutos y en el que todo alcanza una cierta altura –no intelectual, ni emocional-, un “no hacer nada”, al acorde de un violín, de la mirada atenta de una señora. Esa parte, prefiero contarla a aquel que me recuerde que existen esos 2 ó 3 minutos. Eso si, os dejo la alegría personificada de un encuentro entre lo imaginario y lo real.

martes, 26 de junio de 2007

Sin manos




Parque el Capricho,
Debajo de un pino.
Mediodía.
Fresquitos.

Jo.

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viernes, 15 de junio de 2007

hogar al norte

Una vez encontrado el Viento del Norte, hay que pedirle que nos lleve a su casa.
Y es lo que he hecho.
Y seré un pastor de ovejas noruego, al menos por tres días.

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jueves, 14 de junio de 2007

Días van, días vienen

Ayer, temprano en la mañana, estuve entre abogados. Luego asistí, las siguientes ocho horas, a una convención de economistas y contables; y para acabar el día tuve cita con un psicólogo.

Quizás, me faltó agendar una revisión con el proctólogo en la hora libre del mediodía.

En todo caso la reflexión que toca hacer, no debería ir encaminada sobre qué he hecho TAN mal para transitar por un día como ese, sino sobre cómo es posible que mañana temprano estaré apaciblemente leyendo un libro de ya leído -rescatado por puro azar-, luego rodeado de curiosos cuentacuentos y por la tarde rumbo a un acantilado de medio kilómetro de altura, bajo una pronosticada lluvia, dentro de un chubasquero naranja y subido en una bicicleta.

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martes, 12 de junio de 2007

lunes, 11 de junio de 2007

Lunes

Hoy he bebido café con la camisa puesta.

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viernes, 8 de junio de 2007

¿Qué tienen que ver el café de cafetera y planchar una camisa?

Mucho.
Por ejemplo, veamos con detenimiento esta semana.
Me he descuidado con las camisas.
No he podido plancharlas todas a la vez el domingo.
Así que la solución ha sido planchar cada mañana, la camisa del día.
Pero el lunes ocurrió algo curioso: y es que puse la cafetera antes de planchar.
Y mientras planchaba el agua hirvió, hasta borbotear.
Y entonces, me pregunté en ese mágico y casero momento, si podría planchar una camisa entera antes de que bullera el agua del café.
Estamos tontos de atar.
Pero sigamos... no sin antes desvelar...
(La clave de mi planchado: parte delantera izquierda, bolsillo -si lo hubiera-, parte delantera derecha, espalda, hombro der, hombro izq, cuello, manga izq y manga der)
Respuestas a mi inquietud matutina...
-- El lunes el café estuvo listo sin empezar las mangas. Mu´Mal.
-- El martes el café estuvo listo a falta de una manga entera. Mejorable tirando a regulero.
-- El miércoles (anteayer) el café estuvo listo sin tan siquiera acabar la espalda. Fatal de la muerte.
-- El jueves (ayer) el café estuvo listo a falta de dos pasadas de la última manga. Ouch!
-- El viernes (hoy) he pasado de planchar un carajo, me he puesto la misma camisa del lunes y me he bebido el café sin un ápice de estrés.

¿Qué tienen que ver el café de cafetera y planchar una camisa?
Nada, si tú no quieres.


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jueves, 7 de junio de 2007

Pre-sentimientos



Hay una historia de Bradbury en el que todos los hombres y mujeres del mundo se despiertan con el presentimiento de que “ese” es el último día de la humanidad. Del planeta entero. Pero nadie dice nada por diferentes razones. En cierta forma, mientras no abran la boca parece que no está pasando nada. Y sin embargo todos saben lo mismo y comparten ese indefectible pensamiento. Existe la certeza o la incertidumbre clara de que son las últimas horas de los hombres y mujeres. Y se abre la posibilidad, también axiomática, de que el día podría ser diferente.

Pero el día transcurre como cualquier otro.

Cuando en realidad es el último.

No es por ponernos filosóficos, pero... ¿y si hoy fuera ese día?

(todo el día pensando en esta historia,... de esos días que si pudieras regresar al punto de 6 de la mañana, sin duda lo harías, aunque sea muy infantil razonar con el regreso del tiempo. Una solución más loable, sería llegar a casa, y realizar un giro de acróbata veterano que te hiciese caer en la cama casi sin pijama y dormir. Dormir, dormir, dormir.... dormir hasta las 6 de la mañana del día siguiente.)

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martes, 5 de junio de 2007

La piedra azul (ii)



Andrea va leyendo por si misma sus primeros libros, y eso lleva a la inevitable consecuencia de que ha quedado atrapada en el encanto de una piedra azul.
No sospeché, cuando compré el libro, que le fuese a gustar. Bonitos colores, sencillas ilustraciones, pero una historia más o menos compleja.
Pero dejarlo sobre la mesa de juegos y que Andrea se enamorará del libro fue cosa de un segundo.
No entiendo por qué, pero lo abraza, lo sincera y lo toca con su mano muy despacio, dentro muy dentro en las ilustraciones que hay hoja tras hoja.
Lo deja olvidado y de repente dice: “¡es verdad, la piedrazul!...” mira el libro y lo cuenta a su manera, pasando despacio o rápido las páginas que le interesan.

Ya nos lo ha contado a Pablo y a mi unas quince o veinte veces. A otros espectadores, unas cinco veces.

Admito que cambiar el papel de cuentacuentos, sienta muy bien. Es ella la lee y Pablo y yo los que aplaudimos. Y decimos inspirando muy fuerte: “Haaaaaala!”

Asombrada y encantados.
Ella por la piedra azul y yo por su entusiasmo.

Tienes que dejar que te lo cuente.

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lunes, 4 de junio de 2007

Semos humanos (versión extralarga)

semos58


Semos humanos porque esperamos sentados a que algo ocurra.
Y lo semos de corazón.
(a veces con banda sonora dentro del coche)
(a veces bajo el sol leyendo)
(a veces dentro de una habitación de cortinas preciosas)
Semos humanos porque miramos al que espera sentado y tenemos ganas de hablarle, para contarle, que también esperamos; a veces sentados, a veces de pie, a veces corriendo, a veces frente al espejo. Porque semos humanos.
Y vamos juntos o separados, sentados en una fila de cuatro, o en cuatro filas de uno, esperando para entrar al museo, para tomar una caña, para ir al cine, para comprar medio pollo asado, para sacar un ticket del metro o para comer una tostá de pulpo con pimiento picante.
Lo semos de espíritu.
(a veces jugando con las bazas)
(a veces escogiendo una lámina antigua de cine)
(a veces debajo de una sombrilla china)
Esperando para subir por un ascensor, o bajar por una escalera.
Semos humanos porque nos regresamos siempre con lo puesto, dejando a todos los demás de la misma manera.
Por eso semos lo que semos, y todo se circunscribe a lo espectacularmente humano. Semos humanos cuando estamos en la calle o aquí, pero fuera de la casa, fuera de la iglesia, fuera de la caseta, fuera de la fiesta ajena, lejos de las paredes del curro, fuera de todo lo que no es translúcido como el cristal.
Y salimos porque queremos ser lo que semos.
Humanos.
Y lo semos con la cabeza.
(a veces pintando un lienzo con una risa dentro)
(a veces escribiendo en una libreta improvisada)
(a veces yendo, misteriosamente, de una acera a otra)
Todos al unísono entendemos lo que semos, en un instante pequeño o de laguna en laguna, y por eso mismo todo se eleva como un vapor de alientos, que dicen “uf!”, confirmando lo que ya se ha dicho una y otra vez. Que semos humanos. Porque en resumidas cuentas, intentamos ser sutiles y estruendosos a la vez; siendo repetitivos hasta el cansancio, pero sin manosearnos. ¡Oye! que sólo en boca del que vive en la calle lo habrás de oír: “semos lo que semos, y hacemos lo que podemos”.

Eso.

viernes, 1 de junio de 2007

Luis "Carreño"



Últimamente pienso mucho en las coincidencias y en cómo llegan hasta la puerta de casa. En un principio, cuando empiezas a sospechar que son una cosa maravillosa, las apartas y tratas de contrastarlas, de darles cierto halo de autenticidad. De no revelar al otro, que la coincidencia ha sucedido para que no haya titubeos sobre si fue ficción forzada o realidad. Y una vez comprobada se guarda o se comparte. Según pasa el tiempo, se aceptan y hasta se llega a minimizar su efecto y su importancia. Ya sea que estas ocurran con frecuencia o desaparezcan por largos espacios, damos por sentado que la vida es así y que ya tenemos edad para “entenderlas” y convivir sin el asombro inicial.
Sin embargo, ahora que las veo venir, sin maravillarme, sin el oh-oh, sin el “vender” la moto, pienso en cómo llegan hasta la puerta de casa. Por qué me rondan ciertas palabras, ciertos nombres, ciertas ciudades, ciertas páginas de libros. Ciertas notas sobre un pentagrama.
Y el pensar en el “cómo”, últimamente me lleva a actuar, a tomar la coincidencia por el cuello y usarla para algo. Dejarlas estar también está bien, pero coger una melodía (llena de “antes”) que llevas en la cabeza todo el día y encontrarla en boca de un saxofonista frente al museo Reina Sofía, da la pequeña energía necesaria para sentarse a conversar un rato con Luis, y descubrir que ha vivido en Caracas, y que la melodía la aprendió debajo del Museo “Teresa Carreño” y que no ensaya en su pequeña habitación del barrio de Lavapiés, porque se aburre, se acalora y no quiere molestar a sus vecinos, y entonces sale al fresco de la tarde y se planta en la Plaza delante del Reina Sofía a esperar su coincidencia. Y recibir una pregunta del tipo: “Esa canción no es de Madrid”. Y entonces llegas a un nuevo estado de la cuestión: y es que hallas una coincidencia sin contrastarla, un punto en el que no hace falta averiguar la ficción o realidad, simplemente sabes que más allá del punto conocido Luis aprendió la melodía de un viejo compañero del conservatorio, que estudiaba saxofón en el “Teresa Carreño”, que se sabía muy bien las notas de esa melodía ensayándolas al mediodía sobre el mármol del teatro, y que por supuestísimamente, también se llamaba Luis. Eso... eso no hace falta preguntarlo.

miércoles, 30 de mayo de 2007

El 90% de Bo Peep



Siempre me llamó la atención un post de Bo Peep en el que compartía con el personal que no posteaba ni el diez por ciento de lo que se le ocurría para el blog. Hacía un breve comentario sobre el asunto de escribir chorradas, borradores, anotaciones, garabatos en un papel o en un espacio con cursor, y guardártelas casi sin ningún criterio, y que casi daba lo mismo una cosa que otra, salvo alguna excepción.
Pensaba en estas ideas, mientras ordenaba en mi cabeza el noventa por ciento de lo que no suelo postear y me decía a mi mismo que encantado le cambiaba a Bo Peep su noventa por ciento por el mío.

Que pronto más extraño pensar en una cosa así.

Una cosa que cabe dentro del diez por ciento restante.

martes, 29 de mayo de 2007

La luna de otro

Voy conduciendo por la M-30 y miro a través de la luna del coche que va delante de mi.
Suelo hacerlo si voy muy metido en la música que escuchoPero hoy me he atrevido a mirar en la del coche siguiente, y el siguiente, y el siguiente.
Ha sido espectacular, porque he llegado muy lejos, y he recordado el cuento aquel del lanzamiento de miradas.
Así que he vuelto de nuevo a mi luna y he bajado las ventanillas del coche. Todas ellas.
Menos mal que íbamos despacio y muy relajados por la m-30.

Seguro que usté también ha pasado por esta experiencia.

viernes, 25 de mayo de 2007

Fotógrafos



Esta imagen es un recorte de una foto hecha por Andrea, con Pablo de productor "aplaudístico".

No se ven las sonrisas.

jueves, 24 de mayo de 2007

Café ubicuo




Que extraño, tomarse un café en la calle Caracas, en Madrid, al lado de la embajada de Suecia y de un restaurante japonés... Un café panameño, faltaría más.

miércoles, 16 de mayo de 2007

12 horas

El día vuelve a empezar. El sol sube.

Son las 6 y media de la mañana. Hago puré de crema de calabaza. Se cae el pan rallado desde el estante más alto de la cocina y ahora hay dunas de pan sobre la vitrocerámica, en el suelo y en cada posible escalón que existe entre el estante y el suelo: campana, puertitas, horno, cajones. Buena suerte, mala suerte, quién puede decirlo. Limpio el desastre del pan rallado con mucha resignación. De rodillas como la metáfora de Cenicienta que presencio en ella los últimos días. Preparo dos biberones para Pablo y Andrea y mientras lo toman, busco la ropa de ambos. Doy un baño a Andrea y Pablo juega con un cubo mágico en la cuna. Nos vestimos los tres y salimos muy deprisa a la Casa Encendida. Tan deprisa que me dejo el biberón de agua, que echaré en falta todo el día. Mala suerte, buena suerte, quién puede decirlo. Llegamos a las 10 y media y no hay entradas para los piratas. Buena suerte, mala suerte, quién puede decirlo. Decepción. Andrea que no se entere. O si, que se entere. Le explico lo que ha sucedido. Busco en la agenda de actividades si hay teatro hoy domingo, por aquí cerca. Si que hay: y de piratas. Buena suerte, mala suerte, quién puede decirlo. Llamo al teatro y nadie lo coge. Eso mismo, quién puede decirlo. Voy raudo a Plaza de España por Bailén para buscar el Teatro las Tablas que lamentablemente no encontré. Tampoco tenía ganas de buscarlo, el tiempo había dado un giro de 180 grados y ahora hacia un viento frío que tiraba pa´tras. Aparqué al lado de la Plaza y con la misma, pasados 10 minutos, decidí volver a la Casa Encendida a intentar entrar sin entrada, movido por la fuerte convicción de obtener las cosas de otra forma olvidada. La mano izquierda, que dicen. Pienso por un momento en ir al festival de títeres de Segovia, pero la razón se impone ya que es un viaje muy largo e innecesario. Pablo duerme y Andrea va mirando por la ventana. Llego a la Casa Encendida y aparco a la primera y sin problemas. Buena suerte, mala suerte, quién puede decirlo. Falta media hora para la función de Piratas. Subimos a la terraza, admiramos y miramos. Hacemos decenas de fotos. Bajamos por todas las plantas, como gamberros moderados, y Andrea juega con el ascensor a llamar todos los botones. El ascensor tiene puertas a ambos lados, así que no hay fondo, ni principio. Abre por una puerta o por otra según la planta en la que toque, y nosotros las tocamos todas. Faltan 2 minutos para la obra de piratas. Nos acercamos. Nos dicen que no podemos entrar, pero hay un televisor para ver la función. Eso mismo, quién puede decirlo. Nos sentamos junto a otras personas sin entradas. Todos con cara de resignación –y contentos- delante del televisor. Andrea está desconcertada. Pero le gusta. No, no le gusta ya que quiere entrar. Es la hora de la función y nos dicen sorpresivamente que pasemos dentro. Buena suerte, mala suerte, quién puede decirlo. Entramos y vemos la función. El pulpo más feo del mundo nos asusta a todos. Salimos y es hora de comer. Buscamos restaurante de pasta y pizzas. No lo encontramos. Andrea duerme y Pablo espabila. Entramos en un bar cualquiera después de caminar 4 ó 5 manzanas. No es uno cualquiera. Buena suerte, mala suerte, quién puede decirlo. La comida es muy mala, excepto mi crema de calabaza para Pablo. Eso y yogures para todos. Salimos de allí y nos vamos a Alcobendas despacito, a ver si entramos en fase siesta. Pablo duerme y Andrea mira los parques pasar. Bajamos en uno y jugamos mirando a Pablo dormir. Subimos y vamos al parque de la Campana de la Paz, y en el camino tengo la tentación de robar un cono de tránsito. No lo hago. Bajamos en el bulevar y Andrea monta en bici hasta otro parque de colores. Jugamos todos un rato y regresamos con ganas de helado. Buscando, buscando y perdiéndonos varias veces, llegamos a la heladería de Tino y pedimos unas tarrinas que son más grandes de lo que pensábamos. Buena suerte, mala suer6te, quién puede decirlo. Fresa y Queso Mascarpone. Comemos, nos helamos y subimos al coche. Bajamos a casa y Andrea se duerme mientras Pablo sonríe. Estamos al lado del parque de casa. Vamos a jugar y antes de las 6 regresamos a casa. De camino Andrea ve un coche idéntico al nuestro y piensa que nos lo han robado los ladrones. Los piratas, quizá. Llora desconsolada y le explico que no es el nuestro. No me cree. Mala suerte, buena suerte, quién puede decirlo. Regresamos hasta el coche y comprobamos que nuestro coche sigue allí. Nos lo han devuelto los ladrones. Los piratas no roban coches, roban galeones. Mala suerte, buena suerte, quién puede decirlo. Todo ha ido bien. Se quedan los niños y yo regreso a casa cambio de atuendo y cojo la bici. Son las 6 y media de la tarde.

El día vuelve a empezar. El sol baja.

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jueves, 10 de mayo de 2007

Delirios que hay que seguir con atención

Llegó a casa, indignado, con una revista de la Nacional Geographic en la cual el reportaje central versa sobre un hombre de 42 años, con dos hijos, separado y sin ningún entrenamiento físico adecuado que sin pensárselo dos veces se lanzó a la carretera con una bicicleta a dar la vuelta a Australia.
Casi nada. Una vuelta.
Si él puede, a esa edad, en esas condiciones, nosotros podemos.
Podemos lo que sea.
Es como erguirse sobre la falta de potencial de un semejante y generar automáticamente energía cinética.
Potencial, cinética.
Todo es relativo, la verdad.
Como ver una película, salir del cine, coger la bici, decir a todos: “adeu”, y rodar 4 días por la geografía nacional.
Y relativizo, entre cables interiores que conecto y desconecto. Me doy cuenta ahora que empujo la bici de mi hija de tres años, y que ella protesta. Al empujar la espalda de mi niña, me doy cuenta de la fuerza que yo hago. Que hace mi brazo, mi espalda, mi yo. Y hago fuerza porque hay pendiente. Si fuese de bajada no haría fuerza y Andrea no protestaría y pedalearía sintiendo que ella es la pura energía cinética, sin añadir el ejercicio del potencial. Andrea es pura energía cinética, que imagen. Pero entonces me voy al caso contrario, a la vez que intento empujar a Andrea sin que se de cuenta, y es que mientras más pendiente existe más fuerza es necesaria y más protesta mi hija porque yo creo que ella no podrá ser capaz de subir tanta pendiente. Está fuera de la campana de gauss de las posibilidades. Mi temor es potencial. Temo a la montaña, creo en la campana de gauss, porque mientras más pendiente exista, más fuerza es necesaria. Y como este planeta es causa y efecto, pienso que la montaña es excesivamente fuerte. Y procedo a catalogar todas las montañas en términos de fuerza, y me pregunto si el Everest es la cosa más fuerte del planeta o debería empezar a catalogar también hondonadas y valles. Y me salto los océanos porque rigen leyes diferentes. Y entiendo que la montaña no va para ninguna parte porque se equilibra lo que sube con lo que baja, a excepción de que te mueras en la cumbre como Mallory. Que a buen seguro protestaba si un sherpa nepalí se ofrecía a empujarlo por la espalda.
Y es que Mallory seguro pensaba que podemos lo que sea. Y que todo es relativo. Porque a Mallory lo encontraron gracias a su espalda.
Así que concluyendo, el tema de los potenciales y el cinetismo, si un hombre que está claramente fuera de la campana de gauss de las posibilidades puede dar la vuelta a Australia sobre una bicicleta sin morirse y sin que lo empuje su madre (por correspondencia parental), entonces no hay nada que temer de las fuerzas potenciales que se esconden en lo plano, en las pendientes positivas y negativas, mucho menos en el interior.

Y henos aquí, que para hacer todo este recorrido, he tenido que conectar y desconectar unos cuantos cables dentro de mi, y volver a las ecuaciones con tiempos al cuadrado, a habitaciones con moqueta y revistas de la Nacional Geographic desperdigadas por doquier, a la estantería del buen montañista, al padre, a los hijos, a las madres y al cabronazo que dio la vuelta a Australia sobre una bicicleta con veinte años más que nosotros y que por si fuera poco, van y le hacen un reportaje central en la National Geographic.

Puf!

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viernes, 9 de febrero de 2007

Irma 2

1973.-

Irma se crió entre todo el lujo que podía rodearla por puro azar, la férrea (pero cariñosa) mano militar de su padre y la intuición aguda de su madre.

Ah!... y el arte.

El arte que la zarandeó desde pequeña, avasallándola y haciéndole creer que lo celeste y lo terrenal iban ora juntos, ora separados, pero sin normas.

Paris a sus pies, y por delante de su nariz. Irma se hizo experta en arte. Y un poco artista. Y un poco empezó a enloquecer.

No recuerdo muy bien a qué edad llegó Irma a la ciudad que acunaba desde hacía ya tiempo, a su futuro esposo, un actor de segunda con muy buena presencia y con un cierto aire a Errol Flint. Quizá por eso era actor. Quién sabe.

Cuando el Errol de segunda se enteró que Irma la segunda esperaba un hijo, éste se marchó en barco a las Américas y fue a dar con sus huesos al Chile más austral que nadie se pueda imaginar.

Sin embargo, Irma, a pesar del desengaño y el trastorno fue fiel en un aspecto: le envío religiosamente y sin reproches cartas y fotografías de su preciosa hija Irma nacida en el Cairo. Y de alguna forma él respondía, únicamente a su hija, estableciendo de forma clara alguna especie de trenza universal que sólo puede explicarse en el misterioso hecho de ser padre y ser hijo. Irma creció amando a su padre y soñando con el verde del sur y el azul del pacífico.

Irma mientras tanto fue enloqueciendo inexorablemente, ya no por el arte sino por la soledad. El intento de ser madre le anegaba y dejaba al descubierto lo poco que sabía de la vida. Y nadie juzgaba esta condición más duramente que ella misma. Y por tanto se rendía. Se rindió. Y entonces Irma la segunda y la tercera quedaron en manos de Irma la primera, y así fue como una única Irma que sostenía en realidad a las tres.

La segunda Irma se suicidó. Una noche se subió a la azotea de su nueva residencia y se lanzó al vacío. Allí acabó un sufrimiento y empezó uno nuevo para dos. Pero rota la unión de las tres, se adivinaba lo que vendría a continuación.

Y vaya si es triste y duro de escribir tantos años después, pero son esas cosas que a veces recuerdas y no sabes ni contar en voz baja.

Irma murió de tristeza y de soledad.

La tercera heredó todo lo que quedó, que no era poco. Sin embargo, Irma se deshizo de todo lo que había, lo material, lo tangible, lo histórico, las personas, los lugares, se marchó de todo, incluso de su nombre. Irma nunca más.

Y olvidó estas historias. Pero por razones que de alguna manera importan, yo no.

miércoles, 7 de febrero de 2007

Mi madre


acaba de enviarme un email que incluye una foto y un mensaje:

"Hijo, he renovado mi pasaporte y esta es la foto carnet que me he hecho. Si puedes imprímela en pequeño, guárdala en tu cartera y muéstrasela a mis nietos cuando ellos quieran ver a su abuela. El tiempo pasa muy rápido y nunca apreciamos cómo vamos cambiando. Un abrazo gigante."

Mi madre es muy sentimental y un poco filosófica.

Me pregunto que pensarán sus nietos sobre tener una abuela tan pixelada.

Últimamente

suelo tener en la boca nuevas frases. Y es una cosa que ocurre y que cambia de tiempo en tiempo.

"Ese comentario podías habértelo ahorrado".
"En principio, y si nada imprevisto sucede".
"Yo haré lo que tenga que hacer".
"Dame tu boca un rato".

No me había fijado conscientemente en ello hasta el momento en que he soltado una de esas de allí arriba ostensiblemente cabreado.

Que lejanos los tiempos del "tú mismo".

martes, 6 de febrero de 2007

Necesito


un azucarero nuevo.

Y desde que escuché en boca de una sabia mujer que es una cosa muy personal, ya no vivo en mi cada vez que pienso en la glucosa.

Porque según ella, el azucarero define un poco la personalidad de quien lo usa.

Y esto de ir a un "todoacien" o a Ikea a comprar un poquito de personalidad me intranquiliza bastante.

Si, ya sé. Soy un diabético de la autoestima.

¿Me regalais dos cubitos de azucarero?

lunes, 5 de febrero de 2007

Cuentos de Tito

Tito es el nombre que da Andrea a todo lo que se parezca a un conejo. Tito es azul o es blanco según la habitación donde estemos. Tito es grande o pequeño y por alguna razón, a veces lleva bandana de seda o bufanda de lana. Tito aparece en un cuento de Alicia o en una pantalla TFT. Da lo mismo.

Hoy hemos hecho dos cosas nuevas con Tito.

La primera es que se ha encargado de recoger sus bufandas de seda. Esas que deja desperdigadas por toda la casa. Normalmente las recogía Andrea, pero hoy por alguna razón especial, ha sido Tito. Aunque pensándolo un poco, la razón es fácil de compartir: ha sido mi voz, que sorprendentemente (para Andrea y para mi) se ha dirigido a Tito con toda naturalidad como si tuviera vida.

Y vida ha tenido entonces.

Oh-Oh!... ¿de eso se trata lo de mover el mundo sin usar las manos?

Lo segundo que hemos hecho es contar un cuento para dormir. No leído. Contado. Tradición oral y nuevamente la voz como elemento catalizador de una noche de inauguraciones. Como no podía ser de otra forma, hemos contado el cuento de un conejo, de dos, de tres conejos que vacilan a un tigre despistado, grande y que se cree más listo que un conejo, que dos, que tres.

Aunque el Tito sea uno solo. O dos. O tres. Da igual. Se multiplica y alcanza todas las estancias...
... todas las historias.
... todas las Andreas.
... alcanza de un salto todo lo tangible e intangible.

... como la voz.

domingo, 4 de febrero de 2007

Me llama

y cuelga.
Yo estoy rebuscando entre listas musicales alguna melodía que no consigo recordar.
Le devuelvo la llamada y hablamos de fados, de tazas, de las "cosas" que son tristes y nos emocionan.
Hacemos una pausa.

Volvemos a los fados, al flamenco, a la ópera, al Johansen, al Cerati.
Mientras hablamos yo escucho a éste último y voy poniendo en la lista de reproducción a todos los anteriores.
Encuentro una canción de Tears for Fears que hace tiempo quiero unir a una pequeña historia que ya he escrito.
Nos decimos "adió, adió" y todos quieren gobernar al mundo.

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domingo, 28 de enero de 2007

Tercer Blog

Luego de Spica* y Swibel/...
Llegó la Spora.

Todo en su medida.